domingo, 10 de febrero de 2008

La adicción al trabajo como forma de vida

Hay personas que creen que el trabajo es lo más importante. Que todo lo demás es secundario, incluso su propia familia. Pero se equivocan. Los expertos en psicología laboral señalan que los llamados workalcoholics son víctimas de su propia percepción de la realidad, que se retroalimenta a través de su inconsciente adicción al trabajo.

Disfrutar del trabajo y estar comprometido con la empresa es una cosa, ser adicto a todo ello, otra bien distinta.

En opinión de los expertos en psicología laboral, lo que marca la diferencia entre estas dos formas de vivir una profesión es la manera en la que uno se siente cuando está en la oficina, así como la razón que le mueve a dedicar más horas y energía de las que debería. Las respuestas a estos interrogantes residen en el interior de cada uno. Entre los síntomas que acompañan a los llamados workalcoholics destaca, en primer lugar, que la ocupación profesional es lo que más les importa. De hecho, en los casos más extremos, es lo único que aparentemente les satisface en sus vidas. La familia, los amigos y el deporte son secundarios e incluso terciarios.

Para justificar sus constantes ausencias, estas personas suelen estar permanentemente conectados con su quehacer laboral, de manera que no les quede tiempo para nada más.
Otra característica típica de estos adictos es que se sienten culpables cuando no están trabajando. El tener que regresar a sus hogares por la noche les incomoda y ya no digamos cuando se van con la familia de vacaciones, añade. Eso sí, al no poder pensar en otra cosa, suelen llevar consigo ordenadores portátiles, que les ayudan a saciar el mono. Las horas dedicadas a descansar o a divertirse a menudo les parecen ridículas, una auténtica pérdida de tiempo.

Y así, poco a poco, los adictos al trabajo van perdiendo todas sus relaciones sociales. Lo que les acaba uniendo a otras personas es el mero interés profesional, que los mantiene constantemente al margen de sus verdaderos sentimientos.

En todo este proceso, debido a que los workaholics están tan centrados en los problemas derivados de su actividad profesional, a menudo pierden toda conciencia de lo que les sucede por dentro. De forma inconsciente, anulan todo lo que sienten para que no les estorbe en su camino hacia el éxito.

Finalmente, después de varios años de padecer estrés, fatiga y ansiedad crónicas, los workaholics terminan sintiéndose separados de todo lo que les rodea, incluso de sí mismos. Esta desconcertante sensación, sumada al deterioro de su salud, puede desencadenar en ellos un estado de profunda depresión, e incluso provocarles un ataque al corazón. Debido al deterioro de la salud de estos trabajadores compulsivos, las empresas que los apoyan finalmente terminan resintiéndose, suelen causar baja varios meses. Detrás de esta adicción, la más respetada por el sistema de mercado en la que el hombre moderno se está desarrollando, se esconde un determinado tipo de personalidad, cuyo miedo más característico es el de no tener ningún valor aparte de sus logros.

Suelen ser personas con muy poca autoestima, que asocian el valor de una persona con su éxito profesional. Así, se vuelven cada vez más competitivos y preocupados por la imagen que proyectan de sí mismos.

En este sentido, el motor que les mueve a trabajar cada vez más es el temor de que sus proyectos profesionales fracasen y de no valer nada para los demás.

Para hacer frente a esta patología, los especialistas recomiendan a los adictos que traten de encontrar un equilibrio entre su actividad profesional y su vida personal.


Desde la década de los setenta hasta la actualidad, la gran mayoría de la sociedad ha sobrevalorado el papel del trabajo en la vida de las personas.

Con la malsana justificación de que queremos que nuestros seres queridos tengan de todo, caemos en la trampa de negarles lo más importante, nuestra propia persona, nuestra compañía y nuestro cariño. Pero hay salida al final del túnel.

En el momento que estas personas dejan de creer que su valía depende de la buena consideración de los demás, de los frutos cosechados por medio de su profesión, comienzan a ser más auténticos en sus actuaciones y a dejarse dirigir por las sensaciones que experimentan en su interior. Liberados, comprenden que hay vida más allá del trabajo.

Japón es uno de los países desarrollados donde la cultura del trabajo ha calado más hondo. Tanto es así que incluso cuentan con la palabra karoshi, que significa morir por sobreesfuerzo en el trabajo. Estas muertes son provocadas por un ataque repentino de corazón, precedido por un prolongado periodo de estrés y tensión. El término karoshi empezó a utilizarse en la década de los ochenta, cuando se produjo un boom de muertes asociadas a la adicción al trabajo. En la mayoría de los casos, los ataques cardiacos se produjeron en las mismas oficinas donde los empleados literalmente se estaban dejando la piel. En 1987, el Gobierno japonés empezó a publicar una estadística oficial de karoshi, cuyo objetivo era concienciar a las empresas y a sus empleados sobre la locura que supone situar el trabajo por encima de la propia vida humana. En 2003, los japoneses trabajaron una media de 1.801 horas al año, sólo una más que los españoles, según un estudio de la OCDE.

Como en cualquier otra adicción, la responsabilidad última recae sobre el propio adicto, que suele negar los síntomas hasta que su situación se vuelve insoportable.

Sin embargo, el papel que juega la compañía durante este proceso de adicción puede agravar la enfermedad o ser el primer paso para su curación. Todo depende de la calidad de su cultura empresarial, de los valores y actitudes que fomente entre sus empleados.

Lo cierto es que ocho de cada diez empresas en España premian inconscientemente la adicción al trabajo de sus empleados, despreocupándose de si dicha actividad va en contra de su deterioro físico y psíquico, según varias encuestas realizadas el año pasado por distintas consultoras de Recursos Humanos.

Son las llamadas empresas tóxicas, que creen equivocadamente que el rendimiento excesivo de sus plantillas puede durar eternamente. Aunque los workaholics suelen exigirse mucho más a sí mismos de lo que la empresa les obliga, limitar la duración de la jornada laboral puede ayudarles a enfrentarse a su adicción.

Está más que demostrado que las jornadas excesivamente largas no están directamente relacionadas con la mejora de la productividad. E incluso muchas desencadenan todo lo contrario.

Lo que sí mejora la eficiencia es establecer la dirección por objetivos, en la que cada empleado se responsabiliza de sus propias funciones, sin tener tan en cuenta las horas trabajadas. Algunas multinacionales extranjeras cuentan con estrictas políticas de luces apagadas, que obligan a los trabajadores a salir de la oficina a una hora determinada.

De esta manera, los adictos dejan de encontrar excusas en la empresa para escapar de sí mismos, y pueden tener más oportunidades para plantearse su verdadero problema: su relación consigo mismos y con el rumbo que han tomado sus vidas

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